Neuroeducación: la pedagogía de la evidencia

"Solo se puede aprender aquello que se ama". Francisco Mora

Todos los que trabajamos en el ámbito educativo, sabemos que el currículum que establece el Ministerio de Educación presume de proponer enfoques "innovadores" en el aprendizaje y evaluación, sobre todo en lo que respecta a las conocidas "competencias clave", consideradas prioritarias de cara al desarrollo de los alumnos y alumnas y a su capacidad de desenvolverse en el mundo. Estamos de acuerdo en que tanto para vivir en sociedad, como para ser un profesional competente en pleno siglo XXI se necesitan un tipo de competencias complejas que midan lo que las personas saben hacer con el conocimiento en lugar de cuánto conocimiento tienen. Por ejemplo, en el caso de una lengua extranjera es más interesante que una persona sea capaz de participar en actos comunicativos con éxito a que sepa conjugar a la perfección un verbo en el pasado simple, sin desmerecer la importancia de tener conocimientos lingüísticos para que el acto comunicativo sea más enriquecedor, por supuesto. Hasta ahí, me atrevería a decir que todos estamos de acuerdo con el Ministerio. Sin embargo, en pocas ocasiones son estas competencias parte de la realidad escolar, quedando en la mayoría de ocasiones relegadas a un mero documento oficial del Estado. Lo cierto es que la inercia nos lleva a reproducir un tipo de evaluación y de aprendizaje que ya estaba obsoleto hace 100 años, pero que ahora lo está todavía más, pues en la era en la que vivimos tenemos mucho más fácil el acceso al conocimiento. 

Una de las competencias más interesantes que nos propone el Ministerio es la "Competencia para Aprender a aprender", la cual "requiere conocer y controlar los propios procesos de aprendizaje para ajustarlos a los tiempos y las demandas de las tareas y actividades que conducen al aprendizaje". Estaremos de acuerdo en que si lo que queremos es promover el aprendizaje autónomo de nuestros estudiantes, es necesario entender cómo se producen los procesos naturales de aprendizaje o, lo que es lo mismo, debemos entender cómo funciona el cerebro, pues al fin y al cabo, es el órgano encargado de esta tarea. Por tanto, necesitamos un nuevo enfoque que promueva prácticas didácticas basadas en el conocimiento que la ciencia nos ha aportado durante los últimos años y, en este contexto, la pedagogía, la neurociencia y la psicología tienen un punto de encuentro: la neuroeducación.


¿En qué consiste esta nueva disciplina? En algo tan sencillo y complejo a la vez como en aprovechar los descubrimientos que se han producido en los últimos años gracias al desarrollo de técnicas de visualización cerebral con el fin de optimizar este órgano al máximo y, por tanto, enseñar y aprender mejor. A continuación, comparto algunos de los puntos neuroeducativos más relevantes que deberíamos tener en cuenta a la hora de diseñar los procesos que llevamos a cabo en educación:

1. Tenemos un cerebro único que cambia de forma constante

Al contrario de lo que se suele creer, lo que hace que una persona sea más o menos inteligente no es el número de neuronas que ésta tiene, sino el número de conexiones (sinapsis) que se establecen entre ellas. A esta capacidad de generar nuevas conexiones se le denomina plasticidad cerebral y... la buena noticia es que el cerebro humano es extraordinariamente plástico a lo largo de toda la vida, aunque es cierto que existen periodos más sensibles para el aprendizaje (durante nuestros primeros años de vida). Por tanto, todas nuestras experiencias modifican nuestro cerebro de forma continua debilitando o fortaleciendo las sinapsis, lo cual quiere decir que... ¡cada día nos despertamos y nos acostamos con un cerebro diferente!  Os imagináis las grandes implicaciones educativas que tiene ser consciente de este hecho, ¿no? Además, también hemos de saber que los genes solo nos configuran de manera parcial, no nos determinan. Hay otros factores, como el entorno y el componente epigenético que varían su expresión. Saber todo esto nos permite desarrollar lo que Carol Dweck (2011) denomina mentalidad de crecimiento, aquella que nos permite afrontar mejor los retos al creer que nuestras habilidades personales pueden desarrollarse y que la mejora es siempre posible. Lo contrario sería una mentalidad fija que es creer que venimos determinados por la genética y por nuestro número de neuronas y que no podemos cambiar. Os suenan frases como "yo no valgo para los idiomas", ¿verdad? Así que... ¡cuidado con las etiquetas!


2. No hay aprendizaje sin emoción

Todo lo que conlleve una emoción es percibido por el cerebro como clave para la supervivencia y, por tanto, lo retendrá mucho mejor en la memoria (Bueno i Torrens, 2017). Algunos expertos en el tema dicen que la emoción es el pegamento del aprendizaje (Forés, 2015). Entre las emociones básicas, cabe destacar la del "interés" o "sorpresa", pues las nuevas técnicas de visualización cerebral han demostrado que todo lo novedoso tiene el poder de atraer ese recurso tan limitado de nuestro cerebro, la atención consciente, permitiéndonos fijar los pensamientos y las respuestas ante las tareas planteadas de manera mucho más eficiente.

Es evidente pues, que los climas emocionales positivos harán que nuestros alumnos asocien el aprender a algo placentero y que los climas en los que predominan las emociones negativas como el miedo, tal y como ocurre en la educación autoritaria tradicional por desgracia todavía presente en muchas aulas y en muchos países del mundo, harán que atribuyan el hecho de aprender a esta emoción negativa y, por tanto, en un futuro no les guste aprender o les de miedo hacerlo. Por esta razón, algo tan sencillo como crear un ambiente emocional positivo dentro del aula es estar promoviendo la competencia "Aprender a aprender". En este sentido, es fundamental que los y las docentes cuiden su estado emocional para poder introducir procesos de autogestión emocional en sus aulas con éxito. Es importante que no olvidemos la responsabilidad que tenemos como adultos de pasar por un aprendizaje personal primero, para poder transmitir patrones coherentes a nuestros estudiantes. Aquí es donde entrarían en juego el aprendizaje por imitación y las llamadas neuronas espejo.


3. El ejercicio físico y la meditación importan... ¡mucho!

Todos sabemos que a asignaturas como Educación Física nunca se le han dado demasiado importancia. Sin embargo, el deporte es clave para el aprendizaje, pues cuando lo practicamos se activa la expresión de algunos genes en nuestro cerebro, entre los cuales destaca uno muy especial: el BDNF (factor neurotrófico derivado del cerebro), cuya función principal es ni más ni menos activar la plasticidad neuronal. Sí, ¡hacer deporte activa la capacidad de las neuronas para establecer nuevas conexiones! Además, también se generan neurotransmisores (moléculas que viajan de neurona en neurona transmitiendo información), como las endorfinas, la serotonina, la dopamina... todos ellos responsables de la motivación, el buen estado de ánimo y el placer. Por tanto, existe una gran relación también entre la actividad física y el aprender a través del placer.

En lo que respecta a la meditación se ha demostrado que esta tiene grandes beneficios a nivel cerebral e incluso social, tales como la reducción del dolor físico, una mejor gestión de las emociones, un incremento de la empatía y una mejora de Funciones Ejecutivas de nuestro cerebro como la toma de decisiones, la planificación, la atención...  En este sentido, disciplinas como el Yoga son muy beneficiosas, pues combinan tanto el ejercicio físico como la meditación.

4. Somos lo que comemos... y lo que dormimos

Nuestro cuerpo se renueva constantemente mediante la división celular y los materiales básicos para esa renovación provienen de lo que comemos, por lo que la frase “somos lo que comemos” tiene mucho más sentido de lo que pueda parecer. Una dieta variada también ayuda a tener una combinación equilibrada de los neurotransmisores que mencionaba antes. Para poder fabricarlos, necesitamos una serie de nutrientes como el Omega 3, los polifenoles o la vitamina B9 que aumentarán nuestra capacidad de aprendizaje. En algunos estudios científicos se ha observado que los niños y niñas desnutridos presentan deterioros cognitivos a veces muy difíciles de reparar.

En lo que respecta al sueño... ¿sabíais que mientras dormimos nuestro cerebro sigue aprendiendo? Sí, el aprendizaje empieza con una fase inicial en la que estamos despiertos y activos, pero termina con el procesamiento de esta información durante la noche, cuando dormimos. Existen dos fases durante el sueño, la NO REM (en ella el cuerpo está activo y se regenera) y la REM (es la fase en la que soñamos, consolidamos la memoria a largo plazo y, por tanto, los procesos de aprendizaje). Durante  la fase REM le damos sentido a todo lo que no hemos podido comprender bien a lo largo del día, es decir, seguimos aprendiendo... y desaprendiendo, pues también desconfiguramos circuitos neuronales. Por lo que, como hacen muchos, el quedarse despiertos estudiando toda la noche anterior a un examen no es la mejor opción si queremos que ese conocimiento se consolide a largo plazo.

Otro dato interesante para aquellos docentes de Secundaria es que los ritmos circadianos (nuestro reloj corporal) cambian durante la etapa de la adolescencia, lo que hace que el horario actual de la ESO no se ajuste a los adolescentes y, por tanto, lleguen a clase cansados y no rindan durante las primeras horas. Además, en esta etapa es muy importante que duerman bien pues la Corteza Prefrontal está en pleno desarrollo. Esta parte de nuestro cerebro se encarga de las ya mencionadas Funciones Ejecutivas y, por tanto, dormir bien a esta edad puede ayudar a reducir las conductas de riesgo. Por último, para poder completar todas las fases del ciclo del sueño y asegurar la reparación necesaria se recomienda un sueño de al menos 7 u 8 horas (en el caso de los más pequeños el número de horas aumenta, pues su cerebro es más maleable y todo les es novedoso).


5. Jugar es aprender... motivados

¿Qué hay detrás de este mecanismo natural que utilizamos los seres humanos que nos motiva hasta tal punto de poder pasarnos horas matando a zombies o cazando pokémons? El juego despierta en nosotros la curiosidad y tiene componentes que a menudo no encontramos en la vida real. Por ejemplo, sus objetivos siempre son claros (sé si los he conseguido o no), existe una retroalimentación constante (sé cómo lo estoy haciendo y no tengo miedo a fallar porque puedo repetirlo tantas veces como quiera, el error ya no es visto como un fracaso) y se desarrolla en un contexto social (a veces se genera interdependencia positiva para conseguir un objetivo común en otras ocasiones ganar otorga reputación). Además, el juego supone un aprendizaje "virtual", de modo que podemos entrenar en situaciones seguras antes de encontrarnos frente a frente con ellas (no somos la única especie que juega). Y esto no es todo, cuando jugamos se genera dopamina, que facilita la transmisión de información entre el hipocampo (disco duro de la memoria) y la Corteza Prefrontal, promoviendo así la memoria de trabajo. Por tanto, a pesar de la resistencia que existe en el mundo de la educación, es necesario implementar técnicas como la gamificación en las escuelas.



6. Nuestro cerebro es social

Supongo que muchos me daréis la razón en que vivimos en una sociedad cada vez más individualista y competitiva. Sin embargo, la ciencia nos dice que el cerebro ha sido creado para aprender en sociedad, pues se desarrolla en contacto con otros cerebros. Hay estudios que han demostrado que los bebés con pocos meses de edad ya muestran actitudes altruistas (Warneken, 2007). Y es que, como dice el Dr. David Bueno (2017) el cerebro busca, por encima de todo, encajar. Lo primero que busca un niño cuando nace es la mirada de los demás y el ser capaz de interpretarlas. Los alumnos, antes de mirar su nota, lo primero que buscan es la mirada de aprobación de su profesor/a. Comprobadlo. Por ello, el aprendizaje cooperativo cobra ahora más sentido que nunca, pues cuando aprendemos en sociedad es cuando más áreas se activan de nuestro cerebro, lo que hace que las redes neuronales sean más amplias y que podamos utilizar el conocimiento adquirido con más eficiencia. Esto no quita que no tenga que haber espacios para la reflexión y el trabajo individual, por supuesto. Se trata de encontrar un balance entre ambos, pero es importante que si queremos que nuestros niños y niñas aprendan a aprender sepan que cooperar con sus compañeros será muy enriquecedor y significativo.

Llegados hasta este punto, solo queda decir que en los tiempos que corren hemos de asumir que nuestra tarea como docentes ya no puede limitarse a una mera transmisión de contenidos abstractos y descontextualizados que se vean limitados por un currículum, sino que hemos de explorar cambios que nos acerquen a lo que de verdad necesitan los niños y adolescentes de hoy en día e introducir innovaciones fundamentadas en la ciencia, la psicología y la pedagogía que den respuesta a los nuevos escenarios, teniendo siempre presente que lo que queremos son personas autónomas, capaces de llevar a cabo una vida plena en sociedad. Por ello, la competencia "Aprender a aprender" es imprescindible, pero siempre y cuando le demos el sentido que verdaderamente tiene. Esto solo se puede conseguir si invertimos tiempo en entender cómo funciona nuestro cerebro y, en este sentido, muchas respuestas las encontraremos en la neuroeducación, la nueva pedagogía de la evidencia.

Fuentes:
- Ballarini, F. (2016). REC. Debate.
- Bueno i Torrens D. (2017). Neurociència per educadors. Associació de Mestres Rosa Sensat.
- Casafont, R. (2012). Viaje a tu cerebro. Ediciones B.
- Casafont, R. (2014). Viaje a tu cerebro emocional. Ediciones B.
- Dweck, C. (2016). Mindset, La actitud del éxito. Editorial Sirio.
- Forés, A. (Coord.) (2015). Neuromitos en educación: el aprendizaje desde la neurociencia. Plataforma editorial.
- Guillén, J.: Escuela con cerebro. Blog
- Ibarrola, B. (2016). Aprendizaje emocionante. Neurociencia para el aula. Editorial SM.
- L’Ecuyer, C. (2012). Educar en el asombro. Plataforma Editorial.
- Mora, F. (2017). Neuroeducación. Solo se aprende aquello que se ama. Alianza Editorial
- Nhat Hanh, T. (2015). Plantando semillas. La práctica del mindfulness con niños. Editorial Kairós.
- Reichert, E. (2013). Infancia, la edad sagrada. Ediciones La Llave.
- Robinson, K. (2009). El Elemento, descubrir tu pasión lo cambia todo. Editorial Grijalbo.
- Robinson, K. (2014). Encuentra tu Elemento. Editorial DeBolsillo.
- Ryan, R.M. y Deci, E.L. (2000): La Teoría de la Autodeterminación y la Facilitación de la Motivación Intrínseca, el Desarrollo Social y el Bienestar. University of Rochester.
- Snel, E. (2013). Tranquilos y atentos como una rana. Editorial Kairós.
- Warneken F., Tomasello M., (2007):”Helping and cooperation at 14 months of age”, Infancy 11.

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares