Educarte para valorarte

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domingo, 10 de abril de 2016

Calificaciones: No somos números


¿Qué es una buena educación? ¿Lograr que la mayoría de los niños y niñas atraviesen con éxito unos estándares de calidad? Al parecer, según las leyes y reformas educativas que hemos tenido en nuestro país en los últimos años, eso es una buena educación.

Todas ellas osan incluir objetivos de desarrollo humano profundos (la solidaridad, la igualdad, la libertad, la paz...). Sin embargo, el sistema educativo que hemos creado desde la Revolución Industrial promueve precisamente los valores opuestos (la competencia, el individualismo, el materialismo...) y nuestros últimos gobiernos parecen querer seguir en esta línea.

Es curioso, todo el mundo habla de paz, pero nadie educa para la paz. Nuestro sistema educa para la competencia y la competencia, amigos y colegas, es el principio de cualquier guerra. ¿En qué me baso para decir esto? 

Pues veréis, desde muy pequeños, en la escuela (aunque también en las facultades de educación), nos contaron que un objetivo es aquello que es medible, cuantificable y observable. Por esta razón, empezamos a buscar unos criterios que nos permitiesen medir dichos objetivos. A esto se le ha llamado calificaciones. No importa como éstas sean (una escala sobre 10, una carita triste o feliz, un suficiente o un notable), la lógica es siempre la misma: comparar el sujeto y su aprendizaje frente una escala estandarizada que mide... Que mide, ¿qué? ¿Su aprendizaje? ¿En serio? ¡Pero si cada sujeto es diferente! ¡Único! ¡Singular! ¡Irrepetible! ¿Cómo podemos querer estandarizarlo? 

Imagen y reflexión extraídas del documental "La Educación Prohibida"

Parece que lo único que nos importa es buscar un número que defina hasta la calidad de persona que eres. Son números que estigmatizan, que crean sentimientos de frustración y auto-exigencia hacia el aprendizaje, cuando éste debería nacer de la curiosidad innata que tiene el ser humano de explorar el mundo que le rodea. Tal es así que el maestro lo que hace es crear conflictos cognitivos y... ¡A ver quién es el primero que lo realiza! De esta forma, hay ganadores y hay perdedores y, por tanto, se fomenta la competitividad entre los estudiantes, entre las personas. Los mejores obtienen el premio: el reconocimiento de sus maestros, de sus compañeros, de sus padres y a los que no van bien en los exámenes se les llama la atención, se les castiga, se les ponen horas extra de estudio o en algunos casos hasta no son tenidos en cuenta. Y a pesar de todo ello, después de 12 años escolarizado, el estudiante no sabe leer un texto de manera comprensiva, apenas tiene desarrollado el pensamiento crítico y tiene pocas habilidades para relacionarse con el mundo que le rodea, pero sí se siente superior o inferior del que tiene al lado.

Lo sabemos, nos quejamos, pero nadie hace nada. Hemos de cambiar esta mirada parcial del conocimiento que se creó en la era industrial si de verdad queremos sujetos enteros, felices. Para ello es necesario que maestros y profesores sean los que se sienten en la mesa de debate cuando se redacten leyes y reformas educativas. Pero han de ser maestros y profesores que hayan logrado re-educarse y no reproducir lo mismo que sus predecesores, es decir, que no tengan como objetivo para sus alumnos y almunas el boletín de notas de final de curso, sino la felicidad, la cual proviene de una vida emocionante y experiencial; incorpora habilidades laborales, de racionamiento y personales y no incluye fórmulas matemáticas, conjugaciones verbales u obras literarias consideradas sagradas. Debemos ver al sujeto como un todo y otorgarle su derecho a la libertad para que así aprenda lo que de verdad importa hoy en día y lo que le servirá en su vida real fuera de la escuela.