Educarte para valorarte

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domingo, 12 de marzo de 2017

Emociones y aprendizaje

 "Nuestro mayor recurso natural es la mente de nuestros niños". Walt Disney


Hace años que profesores y profesoras venimos escuchando la importancia que tienen los términos emoción e Inteligencia Emocional en nuestras aulas. Pero, ¿entendemos bien qué son las emociones y qué relación tienen con el aprendizaje? Con esta entrada pretendo hacer un pequeño recorrido por el mundo de las emociones y sus implicaciones educativas, resumiendo lo que hasta ahora he aprendido de los expertos en neuroeducación y psicología sobre este tema.

¿Qué son las emociones?

David Bueno i Torrens (2017) las define como “patrones de comportamiento que se desencadenan de forma automática y preconsciente ante cualquier situación que comporte un cambio en el statu quo del momento, especialmente si este cambio implica la existencia de posibles amenazas, con independencia del hecho de que sean físicas o sociales”.  Por tanto, las emociones son un mecanismo que la evolución nos ha dado para la supervivencia. Éstas tienen tres funciones básicas, que son la adaptativa, la social y la motivacional. Esto ya nos da una pista de la importancia que pueden tener en  el aprendizaje.

¿Cómo y dónde nacen las emociones?

Como ya hemos visto, el proceso emocional se inicia ante la percepción de un estímulo, el cual puede ser consciente o inconsciente. La emoción nos permite responder de manera ultrarrápida a posibles amenazas y surge en una parte del sistema límbico (también conocido como cerebro emocional, el cual compartimos con otros mamíferos) denominada “amígdala”.  En concreto tenemos dos amígdalas, que poseen una gran sensibilidad y lo que hacen es enviar señales para que actuemos.  Las amígdalas están más especializadas en las emociones negativas (ira y miedo).

Según el psicólogo Daniel J. Siegel (2013) existen dos rutas de transmisión de información a la amígdala. Una vía lenta por la que la información pasa primero por nuestra Corteza Prefrontal (parte del cerebro que nos distingue de otros animales, ya que en ella tienen lugares los procesos cognitivos más complejos) donde razonamos y reflexionamos sobre la información y después avisa a la amígdala de una forma más calmada y racional. Y por otro está la vía rápida, por la cual se esquiva la corteza y la información va directa a la amígdala haciendo que reaccionemos con algún impulso. Según estudios recientes, esta última vía es la que se activa con más facilidad en los adolescentes (lo cual nos ayuda a entender algunas de sus reacciones o el que a menudo estén “a la defensiva”, pues ya hemos dicho que la amígdala se especializa más en emociones negativas que nos protegen de las amenazas para poder sobrevivir).

¿Cuántas emociones existen?

Aunque no hay consenso sobre cuántas emociones básicas existen, podríamos resumirlas en seis: cuatro positivas (alegría, sorpresa/interés, ira y asco) y dos negativas (miedo y tristeza).



¿Es lo mismo emoción que sentimiento?

No. En su libro Viaje a tu cerebro emocional, Rosa Casafont (2014) hace la distinción entre emoción y sentimiento. Digamos que la emoción es innanta y universal y surge ante la percepción de un estímulo en la amígdala, mientras que el sentimiento es la valoración o la toma de conciencia de una emoción percibida, es decir, es la emoción procesada por la corteza.

¿Qué implicaciones tienen, pues, las emociones en el aprendizaje?

Como ya hemos visto, las emociones y la supervivencia están absolutamente conectadas. Esto quiere decir que el cerebro interpretará cualquier aprendizaje que despierte algún tipo de emoción como clave para la supervivencia (Bueno i Torrens 2017). Además, las emociones constituyen el pegamento del aprendizaje (Forés 2015), es decir, que cuando un estímulo nos genera una emoción, ésta crea un circuito neuronal y se queda grabada en nuestro cerebro, de manera que el circuito se activará cada vez que aparezca un elemento grabado en él y sentiré lo mismo que sentí la primera vez que se me presentó ese estímulo. Esto sucede con todas las emociones, tanto las positivas como las negativas. ¿No os ha sentado mal una comida alguna vez y que semanas después al volver a oler o ver un plato de la misma comida se os genere la emoción asco? El plato sería el estímulo que hace que se vuelva a activar el circuito para que se genere la emoción asco y no lo comas, ya que podría suponer un peligro para tu organismo. 

Por ello, si aprendemos a través del miedo (tal y como se hacía en nuestro país no hace tantos años y se sigue haciendo en muchos países asiáticos), ya sea al fracaso, al castigo, al ser aceptado, al equivocarnos, etc. nuestro cerebro asociará el aprender a la emoción de miedo y, por tanto, cuando la educación deje de ser obligatoria para el niño o niña, lo más probable es que huya de aprender cosas nuevas porque lo percibirá como un peligro o una amenaza. Esto hace que muera por completo nuestro interés por seguir aprendiendo, por seguir creciendo como personas. Todos sabemos lo incómodo y desagradable que resulta sentir miedo. ¿Quién puede aprender así?

Las investigaciones en neuroeducación demuestran que el proceso de aprendizaje es mucho más efectivo y rico cuando combinamos calidez humana, buen ánimo, cooperación y sorpresa (Forés 2015). Aunque es cierto que la alegría no es una emoción tan poderosa como el miedo, ésta hace que las personas sientan placer por aprender cosas nuevas y el placer también deja una huella muy importante en el cerebro (Bueno i Torrens 2017). Por tanto, es importante que los que nos dedicamos a la educación, nos esforcemos por crear climas agradables donde se cultive el estado de ánimo de nuestros estudiantes. Esto hará que el aprendizaje sea más significativo y que la creatividad fluya con naturalidad.

La emoción interés/sorpresa y su importancia en el aprendizaje

Tal y como dice Francisco Mora, experto en neuroeducación, los docentes excelentes son aquellos que son capaces de “convertir cualquier concepto, incluso de apariencia ‘sosa’, en algo interesante”, pues solo se puede aprender aquello que se ama, aquello que te dice algo nuevo, que resuena con lo que emocionalmente llevas dentro. Cuando esto sucede, los ojos brillan, resplandecen, se llenan de alegría, de sentido… ¡Eso es aprender! Y es que sin emoción, no hay curiosidad, no hay aprendizaje y, por tanto, no hay memoria.

Los neurocientíficos afirman que el hipocampo, otra de las estructuras del Sistema Límbico, relacionada con el aprendizaje y la memoria, se activa inmediatamente ante la novedad. Si tenemos en cuenta este hecho, resulta obvio que empezar la clase corrigiendo deberes o repasando contenidos como se suele hacer no será tan efectivo en el aprendizaje de nuestros alumnos y alumnas como empezar la sesión con materia desconocida o con algún elemento que despierte la curiosidad y la intriga, que genere el sentimiento de novedad, ese brillo en los ojos. También es importante el final de la clase, ya que es la que nos hace llevarnos un buen o un mal sabor de boca de lo vivido. Así que dedicar esta parte de la sesión a actividades más lúdicas y relajadas puede hacer que nuestros alumnos se vayan con emociones positivas que les motivará a querer volver. 

¿Y la Educación Emocional?

Como ya he mencionado en otras entradas, los primeros en hablar acerca de este concepto fueron John Mayer y Peter Salovey, pero su verdadero difusor fue Daniel Goleman. Para él la Inteligencia Emocional consiste en conocer nuestras propias emociones, gestionarlas eficazmente, motivarnos a nosotros mismos, reconocer las emociones de los demás y establecer relaciones positivas con otras personas.

Educarnos emocionalmente supone empezar a aprender a tratar con las emociones siendo consciente de ellas y modificándolas desde nuestro interior para poder pensar con claridad. Necesitamos aprender a crear más emociones adaptativas, fomentando así la tolerancia y evitando los comportamientos de riesgo. A veces podemos nombrarlas para dominarlas y ayudar así al equilibrio de la intensidad emocional de nuestro cerebro poniendo en palabras lo que sentimos. Decir el nombre de la emoción en nuestra mente nos puede ser  de gran ayuda. Hay estudios del cerebro que muestran cómo este proceso de atribuir nombres puede activar la corteza prefrontal y calmar la amígdala del Sistema Límbico.

La Educación Emocional es, por tanto, una gran herramienta educativa, imprescindible para el desarrollo de nuestros estudiantes y de nosotros mismos como personas, así como para la buena convivencia. Por ello, hemos de introducirla desde los primeros años de la infancia, pero sin olvidar la responsabilidad personal que tenemos como adultos o ciudadanos del mundo de educarnos a nosotros mismos primero para poder predicar con el ejemplo a nuestros niños y niñas.

Espero que este recorrido por el el mundo de las emociones y del aprendizaje te haya sido útil y te acerque más a tus estudiantes. No lo olvides, somos seres emocionales y sin emoción no hay aprendizaje.

Fuentes:
- Bueno i Torrens D. (2017). Neurociència per educadors. Barcelona: Associació de Mestres Rosa Sensat
- Casafont, R. (2014) Viaje a tu cerebro emocional. Barcelona: Ediciones B.
- Forés, Anna (Coord.) (2015) Neuromitos en educación: el aprendizaje desde la neurociencia (Plataforma editorial)
- Goleman, D., (1995) Emotional Intelligence, New York, NY, England: Bantam Books, Inc.
- Salovey, P., & Mayer, J. D. (1989). Emotional intelligence. Imagination, Cognition and Personality
- Siegel, D. (2013): The power and purpose of the teenage brain. New York, NY: Penguin

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